domingo, 19 de enero de 2014
EL ZOMBIE, METÁFORA SOCIAL
El Quijote Z’, ‘Orgullo y prejuicio y zombis’, ‘Lazarillo Z’ (todos ‘best-sellers’ en el 2009)... pero “en qué mundo estamos”, comentaría la abuelita. Y la respuesta se esboza desde una sociedad variopinta, que busca reencontrar su dignidad en medio de las crisis y el posicionamiento del entretenimiento como un ‘súmmum’ de metáforas sociales. Y de entre ellas, la más abundante en estos años: el zombi, figura cuya popularidad y significado han logrado proponerla como elemento contracultural.
Los primeros estudios que tomaron en serio algo que, usualmente, ha sido aceptado como una frivolidad del cine de terror fueron los realizados por folcloristas como Zora Neale Hurston o antropólogos como Wade Davis.
Actualmente -además de la producción cultural sobre ellos- la tendencia al hablar de zombis (facilona en algunos aspectos) apunta a verlos como sujetos funcionales para reflexionar sobre los problemas de la conciencia en relación con el mundo físico, para analizar comportamientos, identificarlos con economías muertas... esas que se arrastran por el mundo tras los ‘sesos’ del capital. Incluso hay quien -el ensayista Alain Finkielkraut- acoge esta figura para versar sobre la derrota del pensamiento o los cataclismos morales.
Si en sus orígenes el zombi se ligaba al vudú haitiano, como un muerto vuelto a la vida por efecto de los hechizos de un brujo; en la actualidad su figura es producto de pandemias y armas químicas, un signo apocalíptico lo define. El miedo atraviesa ambas concepciones y ambas concepciones tienen su correspondencia con la idea universal del temor a la muerte y con algún momento histórico específico.
Así, la primera versión del zombi, que data del siglo XVII, se asocia con los colonizadores europeos que llegaban a las Antillas –‘terra incógnita’- y a la esclavitud como sistema social: el esclavo al igual que el muerto devuelto a la vida era un ser privado de voluntad, una masa con un fin determinado; al menos así lo empataban relatos de la época, como los escritos por el francés Pierre Corneille Blessebois.
Mientras que la versión más reciente del zombi ha servido para ser interpretada como una respuesta y representación ante las preocupaciones de la sociedad actual, donde las crisis políticas y económicas, el cambio climático, las ¬enfermedades globales y la guerra del terrorismo sugieren la paranoia del Apocalipsis (más que nada como el deseo de la humanidad por atestiguar el fin del mundo).
Es decir, el zombi resulta en un fenómeno relacionado con el presente o el futuro inmediato, bajo la idea de catástrofes que llevan a la humanidad a la ruina y la ruindad, siendo el propio ser humano el causante de su existencia. Allí interfieren las preocupaciones sobre la naturaleza, las ‘estrategias’ geopolíticas de guerra y el surgimiento de pandemias (la AH1N1, entre ellas): el hombre (muerto y vuelto a la vida) como lobo del hombre.
Este individuo que asume un estatus de objeto, que pierde relación con el ser que existía en su cuerpo previamente, que carece de una conciencia fenomenológica, no tiene identidad. Este ser sin nombre es parte de una masa, que asociada a la visión sobre las clases subalternas se corresponde al ideario de una multitud desordenada y peligrosa. Y las asociaciones respecto de los zombis continúan, ligándolos con el totalitarismo como forma que no permite que otro tipo de sociedad que cohabite con ella, desvaneciendo geografías e ideologías ante su amenaza.
Pero a la luz de lo propuesto por contenidos culturales recientes -filmes, teleseries y libros- se acepta la exterminación violenta de esa masa depravada. Las cabezas de los zombis explotan, las perforaciones en sus cráneos son válidas; golpearlos, acribillarlos, acabarlos uno tras otro es algo común y permitido, llegando a un nivel de erotización de las armas... Total, ¿qué tipo de culpa puede acarrear el matar a un muerto? Si como rezaba Gómez de la Serna en una de sus greguerías: “Lo más importante de la vida es no haber muerto”.
sábado, 4 de enero de 2014
El Bicentenario cobrará por recibir a Metallica
El Parque Bicentenario, un sitio concebido como un espacio deportivo, recreativo y con un área destinada para convenciones, será el escenario para el concierto de la banda estadounidense Metallica.
Antes de que el sueño de tres generaciones de roqueros se cumpla, la empresa Team Producciones, a cargo de la organización del evento, deberá cumplir con todos los permisos que contempla la ordenanza municipal para espectáculos privados.
Alfonso Pullupaxi, director de Cultura del parque, señaló que cuando es una empresa privada la que trae a los artistas, como es el caso de la banda que empezó a finales de los 70, ellos tienen que cumplir con todos los procedimientos de seguridad: Bomberos, la Dirección de Riesgos y todos los trámites para este tipo de actos.
La Ordenanza Municipal 284 obliga a los empresarios que realicen shows en Quito a disponer de una autorización de la Intendencia de Policía de Pichincha para que el evento pueda efectuarse. A pesar de que el trámite en esa institución es gratuito, los permisos que esta revisa representan aproximadamente el 40% de los gastos de los organizadores de los shows.
Aparte de este porcentaje, los empresarios tienen la obligación de pagar entre USD 500 y 700 a la Dirección Metropolitana de Cultura. Este gasto es anual y corresponde a la Licencia de promotores y organizadores de espectáculos.
Diego Brito, productor de conciertos de rock, comentó que en una presentación como la de la banda argentina Malón, realizado en el 2012, pagó alrededor de USD 7 000 en impuestos. "Representa alrededor del 30% de la producción: taquilla, contrato con la banda...". A decir de Brito, el valor para la organización de espectáculos, más aún de la talla de Metallica, es oneroso.
Pese a que la llegada de esta popular banda a la capital es esperada por miles de personas, hay vecinos del Parque Bicentenario que tienen sus reparos frente a la organización de estos espectáculos en este espacio. El excesivo ruido sería la principal causa.
Andrei Morales vive en la parte oriental del parque. La queja es la misma: el ruido. "Este supera los 90 decibeles. Los parlantes están dirigidos hacia nuestros hogares y escuchamos el ruido como si la fiesta fuera dentro de nuestras casas. Sería conveniente que los orienten hacia el parque y bajen el volumen". Su pedido es cerrar un espacio para estos conciertos.
La vocera de Team Producciones, Jazmine Cattán, indicó que la presentación de la banda, que anunció la gira por ciudades como Lima y Bogotá, cuenta con el respaldo del Municipio para la realización del concierto. Este apoyo se evidencia en la apertura del Cabildo para facilitar el Parque Bicentenario. Aunque, la empresa, dijo, deberá pagar por el espacio.
En esa área verde del norte se instalará toda la logística para el show. Esta no será la primera vez que el Parque Bicentenario se convierte en el escenario de shows masivos. Un reporte de la Secretaría de Seguridad y Gobernabilidad indicó que hubo una asistencia total de 285 000 personas a las Ferias Q Bicentenario y Quitumbe.
Sin embargo, una de las quejas de los asistentes fue la falta de unidades del Corredor Central Norte para trasladar a los asistentes luego del evento. Esto generó molestias en las personas que no acudieron en vehículo particular. Cattán señaló que esta semana se conocerían todos los detalles del evento, mediante rueda de prensa.
Otros espacios anunciados para presentaciones de la banda es el parque Simón Bolívar, en Bogotá. Este sitio, según datos del portal del espacio público, cuenta con una plaza de eventos con un cerramiento desmontable para conciertos y eventos populares, se adoquinaron los caminos y vías peatonales. Desde 1996, empezó el auge de programas masivos.
En el Bicentenario, en los dos conciertos masivos, los escenarios han sido instalados entre el acceso ubicado a la altura de la calle Valdiviezo y la av. Florida, en el antiguo arribo internacional. El espacio para los asistentes es la vieja pista.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)